INFORMACIÓN DE LEBLANC

LA
EMBAUCADORA


Propia interpretación de LeBlanc de League of Legends. Aquí sabrás más de su historia, ships y demás.




INFO

— Personaje de League Of Legends-
— Interpretación semi-canon
— Personaje evolutivo
— Adaptable a multiverso
— NSFW
NO ES UNA CUENTA SEXROL
— Rol en español
— Bisexual, genderfluid
— Cualquier pronombre
— Escrita por Meraki (jaja, sorpresa)


DISCLAIMER


— LeBlanc es una seductora, no por ello se va a acostar contigo. Si bien en ocasiones utiliza su aspecto para atraer a sus víctimas, lo más probable es que sea por motivos de manipulación y/o asesinato, no en busca de placer. Cualquier insinuación sexual que se pase de la raya será motivo de bloqueo.— LeBlanc utiliza sus ilusiones para cambiar su aspecto frente al público. Si bien siempre se presenta bajo una forma femenina, puede tomar cualquier identidad, ya sea ajena o propia, y ser referida tanto en femenino, masculino o neutro. Cualquier comentario fuera de lugar respecto a esto será motivo de bloqueo.


INTRODUCCIÓN


El líquido blanquecino en la tina cubría lo suficiente su cuerpo como para que nada bajo este se pudiera visualizar del cuerpo desnudo de LeBlanc. Con los brazos apoyados en los bordes de mármol, sus manos estaban hundidas en la leche de elnük de Freljord con la que se bañaba. Lo único que sobresalía de la tersa superficie que esta ofrecia eran las rodillas de la mujer, como dos solitarias islas en un mar de nieve, y su torso a partir de sus pechos, hundidos bajo la leche.Despojada de sus maquillajes, de sus ropajes y de las joyas que habitualmente la acompañaban, Evaine tenía la cabeza echada atrás, mientras observaba detenidamente el techo que la cubría, perdida en sus pensamientos. Cabellos negros como el ala de un cuervo caían tras la tina. Una melena corta, seca pese a la situación. El silencio llenaba la enorme sala donde la mujer habitualmente tenía sus momentos de relajación, fuera de todos vasallos y seguidores. Un lugar para ella, sola, mientras sus clones se encargaban de hacer actos de presencia y hurgaba sus mismos y metódicos planes.Cerró los ojos. El recuerdo la avasalló sin piedad alguna. El recuerdo de sus propias manos estrangulando el cuello de una mujer. Una mujer con sus maquillajes, sus ropajes, sus joyas y su cabello. Hundiendo los dedos en su carne hasta que el aliento y la vida abandonó su mirada. Y observó, de nuevo, como se veía su propio cadáver a sus pies.Evaine alzó una mano de las blanquecinas aguas, mirándose su propia extremidad. No era el primer clon que había decidido tener voluntad propia. Otro que, como ella misma, había decidido tener el control, y con el que había tenido que terminar antes de que fuese demasiado tarde delante de las otras. Para sembrar el miedo. Para dar ejemplo.Para que el terror las paralizase antes de que siquiera pudieran pensar en seguir a su gemela.… A veces, Evaine se preguntaba si era ella la LeBlanc original.Quizás la real había muerto tantos siglos atrás en mano de otras de sus indómitas clones. Quizás llevaba todo aquel eterno tiempo creyendo sus mentiras y ella no era más que otra invención. Quizás, incluso, el rostro que veía en cada reflejo no le pertenecía. Era algo que LeBlanc sabía, que sus copias tenían pensamientos y conciencia propias. Ambas idénticas a las propias. Por eso, sabía que hasta rodeada de sí misma, su cuello siempre se encontraba en un latente peligro.Lo único que diferenciaba, en realidad, a la LeBlanc original de sus copias, eran… Los recuerdos.Evaine respiró profundamente, cerrando los ojos. En el silencio del baño, se dejó resbalar hacia el fondo de su tina, conteniendo el aliento cuando su rostro quedó sumergido en el líquido junto a su cabello. Todos los días, la hechicera trataba de rememorar sus recuerdos para amainar la paranoia sobre su propia existencia. Si recordaba, ella era la real. Y esperaba pacientemente con una cuchilla rozando tímidamente su nuca, como un condenado, al día que no pudiera recordar nada.El tiempo pesaba sobre sus hombros. La eternidad, aunque no lo pareciera, había herido su memoria y lo seguiría haciendo con el tiempo. Evaine era consciente de ello. Ya no recordaba cómo había sido su hogar, ni el rostro ni los nombres de sus padres. Pero sí que ella nació cuando la civilización, tal y como la conocían, también era apenas un infante. Crecieron juntas, mano con mano. De pequeña, se le había dicho que su deber era nacer, crecer, ofrecer un par de hijos al mundo y su devota sumisión a un marido, y morir.Ella repudió su destino. Quizás era la razón por la que no recordaba su vida antes de Él. No recordaba quién le había dicho que aquella sería su vida; si fueron sus padres, o sólo algo que nació sabiendo. Pero LeBlanc odio desde temprana edad aquello que le ofrecieron. Y, como una hoja en otoño, sólo se marchó con el viento. Y el viento le llevó a la brujería.Los recuerdos… Eran borrosos. Figuras que bailaban ante sus ojos cerrados entre las sombras. Un día era una niña, y al siguiente estaba rodeada de gente que se ocultaba con largas capas y amplias capuchas. Rostros que se perdían en el mar de siglos de recuerdos.… Una de ellas, una vez, cuando le preguntó por su destino, le miró con miedo. LeBlanc recordaría toda la vida ese rostro, con claridad. El pavor en sus ojos, el temblor en su labio inferior. La manera en la que soltó sus manos como si temiera a lo que acababa de ver. El regocijo que Evaine sintió.“Tienes el beso de la muerte en tus labios, niña. Pero aún tienes salvación. Los hilos de tu destino serán cosidos por un dios. En tus manos queda seguirle o no.”LeBlanc se incorporó para sentarse en la tina, pasando las manos por su rostro. Sin pudor y con lentitud, se alzó para alzarse y salir. Su cuerpo desnudo no sintió frío al salir de la tibia leche, ni siquiera cuando sus pies tocaron el helado mármol del suelo. Echando su cabello atrás, se detuvo frente al enorme espejo tras el lavamanos.Las palabras de la anciana habrían sonado a una advertencia para los ojos de cualquiera. Pero para ella, sonó a su oportunidad de oro. Se requería de un dios para cambiar su destino. ¿Cómo no pensar que el dios que buscaba se encontraba bajo una oscura armadura, en unos fantasmales ojos que habían visto la vida y la muerte, y ahora tenía poder sobre ambos?… La primera vez que Evaine vio a Sahn-Uzal, creyó que lo había encontrado. Todos le ofrecieron su devoción y eterna obediencia. Ella, además, le entregó su vida. Su interés. Su amor. Su frustración cuando sintió que su vida no estaba cambiando como ella deseaba. Desesperada, buscó en las tribus noxiis de la nación por una respuesta. ¿Por qué su dios no le ofrecía el cambio que ella ansiaba buscar con tanto anhelo? ¿Por qué la despreciaba, como si fuese una más, en vez de darle la mano que cosiera su destino?Cuando vio a qué le rendían culto las gentes de las tribus por las que tanta aversión había sentido, lo entendió. El momento en el que su cuerpo se entrometió en un ritual de sacrificio para la divinidad que adoraban, arrodillados en el suelo como siervos. Excepto ella, que quedó en pie, rodeada de los creyentes.Evaine miró a Dios a los ojos.
Y Dios la vio. Entre todo el mundo, la vio.
Sólo entonces LeBlanc supo que su dios no vestía una fría armadura, sino ropajes de un cálido rojo. Que su mirada, entre la vida y la muerte, no era férrea, sino hambrienta. Que los dedos que iban a coser su destino, eran mortíferas garras. Y que sonreía encantadoramente.Evaine tomó la mano de Vladimir sabiendo que una vez realizado aquel gesto, jamás podría volver a su antigua vida.Sabiendo que era el inicio de un hambre que nunca podría quedar lo suficientemente mitigada. Que ella jamás estaría satisfecha.Evaine respiró profundo, mirando su rostro fijamente. Lo miró durante tanto tiempo que pronto empezó a dejarle parecer el suyo. La sonrisa de su reflejo se le asemejó antinatural. Ajena.El rostro que alguna vez el dios de las tribus noxiis había acariciado. El rostro que se deshizo del falso dios de oscura armadura en una sangrienta traición. El rostro que fundó la Imperio. Habían pasado siglos desde entonces, y nada había cambiado en ella, ni aquella hambre que con el paso del tiempo se hacía más y más grande. Nada de lo que devoraba era suficiente. Su nuevo apetito tenía nombre el nombre de una histórica ciudad protegida por muros infranqueables. Muros que ella estaba dispuesta a derrumbar, costase lo que costase.Consciente de que ni siquiera aquello la saciaría. Como nada lo hacía.Y nada lo haría nunca.